«Ella le aclama, ella le odia... y ansían tenerle de nuevo a su lado.»
Fragmento de Las Ranas, de Aristófanes.
Así concluyó la campaña de Sicilia, el más grande fracaso desde los tiempos de las Guerras Médicas. Ni siquiera la devastación de Atenas, a manos de Mardonio, en el 480, había sido tan escandalosa y de consecuencias tan nefastas. Atenas tardó un buen tiempo en rehacer la flota, mientras los espartanos asolaban el Ática y la peste los invadía una vez más. Gilipos regresó a Esparta como un héroe y fue admitido entre el célebre círculo de la
acrati karneia, se le concedió una dotación de cien esclavos con una villa más y un criadero de caballos. Lisandro y Endio obtuvieron favores de Agis por la defensa abierta de los puertos de Sicilia. Mientras, Alcibíades era descubierto en la cama de la reina y perseguido por los asesinos del rey de Esparta, hasta que escapó, primero a Tracia, en los terrenos del príncipe Orontes, y de ahí a la corte persa, para refugiarse en el palacio de Tisafernes, Sátrapa de Lidia y Caria.
Al hablar de una vida de traiciones, de inestabilidad y de bipolaridades, podemos hablar de la vida de Alcibíades, pues solía cambiar de bando con más frecuencia que un político de izquierdas en la actualidad. Pasada de espartano a ateniense, y de oligarca a demócrata. Así, desde su nuevo hogar en Asia Menor, apoyó abiertamente la causa ateniense, buscando atraer a Tisafernes a la propuesta, y buscó consolidar una alianza con Trasíbulo, uno de los
navarcas de la flota. Se reunió con él y sus
trierarcas en Priene y huyó de Persia, no antes de hacer un mundo de desmanes y una nueva enemistad, una vez más con su anfitrión.
Un poco antes, en Atenas, los oligarcas derrocaron al
Régimen Intermedio de los Tres Mil, e instauraron un poder oligárquico; el de los
Cuatrocientos. La flota se declaró demócrata e independiente del Consejo hasta decidir a quién dar el mando. Asesinaron a los mandos procedentes de Samos y nombraron
strategos a Trasilo, Trasíbulo y Alcibíades. Se reunieron en Samos con los demócratas fieles y asesinaron a Hipérbolo, que predicó contra el golpe. Los amigos de Alcibíades le aconsejaban regresar a Atenas para, con su popularidad, restablecer el orden y expulsar a la facción de Cleón del
areópago. Pero Alcibíades se negó. Entre sus planes estaba regresar a Atenas con honores, y así lo haría. Poco tiempo después, los demócratas recuperaron el poder en la
polis, y establecieron el
Régimen de los Tres Mil. Hecho esto, el camino estaba limpio para que Alcibíades recuperara su honor y su posición.
Aún cuando Atenas estaba arruinada por la Campaña de Sicilia, no selló la paz con Esparta, que hubiera sido lo mejor. En vez de eso, los
Tres Mil aplastaron con impuestos a sus aliados, demandaron más oro y plata, aparte de hombres. Por su parte, Alcibíades reunió una considerable fortuna mediante la habilidad de la oratoria, que tan bien la utilizaba. Visitó aliado tras aliado y recaudó un gran tesoro para financiar con sus propios medios una impresionante flota de más de doscientos
trirremes, una veintena de transportes y contaba con un ejército de más de ocho mil hóplitas, entre atenienses, samios, jonios y alguno que otro peloponesio.
En Esparta, mientras tanto, el oro de Ciro se fundía para convertirse en naves. Los espartanos lanzaron a la mar a ciento veinte
trirremes, tripulados por marinos de Egina, Jonia y Asia, y por un puñado de peloponesios y tebanos, que eran comandados por Míndaro, al que Agis nombró
navarca. Tras su camino, Míndaro fue dejando un rastro de ciudades capturadas a los jonios, que una vez más pidieron ayuda a Alcibíades, el nuevo
strategos de Atenas. Y como de costumbre, Atenas acudió una vez más a la guerra, con intereses de por medio.
La guerra total se reinició casi de inmediato, en los mares circundantes de Jonia, para recapturar los puertos de Cademos, Mileto y Cazómenas, para Atenas. Alcibíades fue atacado inmediatamente por la facción democrática de Anito por no atacar principalmente a los graneros espartanos en Helesponto. Decían que, ahora que la flota había sido reformada, y que si era Alcibíades tan bueno como se mencionaba, el ejército no debía tener ningún miedo para recuperar los puertos de Bizancio y Calcedonia, y menos porque los espartanos eran inferiores en el mar. Como sea, Alcibíades y Trasíbulo derrotaron a Míndaro tres veces seguidas en Samos, Quíos y Cazómenas. Lo acorralaron hasta Éfeso, donde casi consiguen atrapar al príncipe Ciro. En el transcurso de un año, Alcibíades arrebató más de cincuenta naves a los espartanos, incluyendo ocho cargueros con caballos, armas y ropas. Si Alcibíades era atacado en Atenas por inconsistente, Míndaro casi era despellejado vivo en Esparta por sus opositores ultra conservadores.
Pero a finales de 410, Lisandro fue nombrado
navarca, y consiguió algo que nunca se había hecho en Esparta: el Consejo de los
Trescientos le concedió el mando supremo en el mar durante los siguientes cuatro años. No era tanto por su desempeño, sino que los espartanos tenían realmente pavor al mar y a conceder mandos a los extranjeros. Si Lisandro era retirado, la flota estaba perdida o tendrían que dar el mando a un persa o a un tebano, cosa que odiaban más que dejar las cosas inconclusas. Y mientras Lisandro estrenaba en la flota espartana, a Alcibíades, los atenienses lo aclamaban y pedían su regreso a la ciudad.
A finales de poseideón del 408 a.C. comenzó la Campaña de Helesponto, con la cual los atenienses pretendían recuperar Bizancio y Calcedonia. Y de nuevo, Alcibíades se volvió a coronar con una serie de victorias brillantes sobre Esparta. Trasíbulo derrotó en Egina a Parconio, Clorfeo aniquiló a Geniodas en un viaje a Tebas, y los hermanos Damón y Gelión capturaron ocho naves en una sola noche. Y luego, vino lo mejor: las batallas de Abidos y Cícico, geniales victorias de la combinación de las cualidades de Alcibíades y Trasíbulo. Alcibíades estaba haciendo pedazos a la improvisada flota espartana, pero por más naves que capturaba, Lisandro y Ciro parecían enviar el doble al mar. Desde que Alcibíades había retomado el mando, había capturado casi cien naves, muchas de las cuales ahora servían en su bando, naves tan famosas como la
Micale,
Espertina,
Laconia, y la
Leonidas, que fue un duro golpe a Agis, pues era la capitana de las naves que él había financiado. Al final del año ocurrió otro suceso que ligaría aún más a Lisandro con la corte espartana: Agis lo nombró instructor de su hijo y sucesor Agesilao, lo cual manifestaba que el monarca no estaba descontento con el
navarca en lo absoluto. Esto influiría también en la historia futura.
En el año 409 a.C., Alcibíades comunicó al Consejo de los
Tres Mil, que estaba preparando su regreso a la
polis. La gente quería saber quién era ese Alcibíades que estaba librando la guerra, aún cuando los atenienses le habían juzgado –habían pasado más de diez años desde el exilio de Alcibíades, y muchos no le conocían —Así, arribó a Pireos ante el perdón y las aclamaciones de los atenienses. Aristófanes escribió en mención a él, en su obra Las Ranas, «...le odian, le aclaman, pero ansían tenerle de nuevo a su lado», refiriéndose a la acogida que el
demos entero le daba al hijo pródigo. El Consejo de los
Tres Mil le dio el mando supremo. Suprimió a los Diez Generales –
decaguemón –para nombrarle
strategos autokrator y darle poder sobre el ejército de mar y tierra. Ahora, el hombre más poderoso del mundo era Alcibíades, y así lo demostró en las dos campañas anteriores de Jonia y Helesponto. Alcibíades pronto se convirtió en la comidilla de la ciudad: encabezaba procesiones y ritos, como la famosa peregrinación a Eleusis, asistía a juegos oficiales y banquetes de aristócratas y emprendía proyectos públicos y culturales. Fue el
año de Alcibíades. El único y buen año de Alcibíades.