miércoles, 14 de marzo de 2007
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«El Imperio ateniense sucumbió ante su soberbia... no se puede abarcar el mundo con una mano, como no se puede atacar a la libertad del hombre de ciudades. El estado, el día de mañana, nos garantizará el derecho a la libertad, así como Apolo no ha tenido piedad con los atenienses en los muros de Siracusa.»

Biblioteca Historica Tomo XI, de Diódoro Sículo.





Tras el exilio de Alcibíades, el mando total recayó en Nicias. Y a él le tocó también dirigir el ataque principal al Puerto Grande y al Dascón, que terminó en un fracaso. Los atenienses atacaron a las naves siracusanas y corintias durante varias horas, y al no poder tomar el muelle acamparon unos kilómetros al norte, en la llanura pantanosa de Lisimelia, el fatídico lugar del que se enorgullecían los siracusanos. Tiempo atrás, varios ejércitos mordieron el polvo –o el fango –en esos mismos pantanos. Los siracusanos simplemente se dedicaban a esperar y a ver cómo Lisimelia acababa con ellos. Ejércitos tanto cartagineses como sicilianos habían visto su destino en los pantanos. Ahí habían caído dos Aníbales y un Himilcón, un Hermócrates y un Héloris, y ahora les tocaba a los atenienses.

El siguiente paso que dieron los siracusanos fue pedir ayuda. Pidieron ayuda a la Liga peloponesia y a Tebas, a Macedonia y a los italianos, que años atrás les habían ayudado a derrotar a los cartagineses. A este pedido respondió Esparta, por mediación de Alcibíades, que les aconsejó que la defensa de Sicilia sería un golpe mortal para Atenas, y respondió de la manera en que ayudaba siempre a las polis hermanas en apuros: con un general. Esparta envió a Gilipos para planificar la defensa de las diferentes dependencias de Siracusa; la Acradina, Tique, las Temenites y la Ortigia, además de la formidable fortaleza que se levantaba en el monte Euríalos. Preparó a los ciudadanos y campesinos para convertirlos en soldados. Racionó el vino y las comidas, programó entrenamientos y creó diversiones. En Siracusa todo parecía una fiesta. Todos peleaban y trabajaban con una sonrisa en la cara.

Por su parte, los atenienses se dedicaron a levantar un muro de circunvalación a lo largo de las EpípolasQuinientos pensaron que Nicias no era tan competente como su condición lo requería. Decidieron enviar a Demóstenes -antepasado del célebre orador -para que corrigiera las cosas.

Los atenienses lo recibieron con ovaciones, aclamando que Demóstenes iba a corregir el rumbo que Nicias había tomado, y que no saldría corriendo como Alcibíades. Ya por entonces, el discípulo de Sócrates se había convertido en amigo de confianza del rey Agis, y de tanta confianza que compartían hasta la cama y la esposa. Los espartanos se burlaban de la situación mencionando «¡Ahí vienen el rey, la reina y el peón!». Y el peón no era precisamente Alcibíades. Colaboraba con Endio y Lisandro en la intención de atraer al sátrapa de Lidia y Caria, Tisafernes, para que financiara la guerra con su enorme fortuna y la construcción de una flota. Y no era que al persa no le gustara la idea. Éste estaba fascinadísimo. Los que no aceptaban el trato eran los ciudadanos espartanos, que recordaban con ensueño los tiempos de Leónidas y de Arquídamos. Así entonces, Alcibíades era también consejero de los polemarcas y del rey Agis, y les aconsejó colocar un doble cerco naval en la salida del Puerto Grande

Lo que siguió con Demóstenes es difícil de explicar. Trató de tomar Euríalos y fracasó, aún cuando los atenienses tenían bríos nuevos por la llegada del comandante. En una marcha por las Epípolas perdió a dos mil hombres. Convocó a toda la flota para salir de esa jaula maldita, pero cuando se hicieron a la mar se toparon con el cerco naval siracusano, provocando una carnicería como no se había visto. Los siracusanos fueron masacrados, pero lograron bloquear la salida, ya que Alcibíades había aconsejado que acumularan el mayor número posible de pesqueros. Los trirremes atenienses llevaban demasiado tiempo varados en el Puerto Grande, sin la posibilidad de llevarlos a un dique, por lo que al entrar en contacto con la numerosa, pero minúscula flota, se averiaban y se resquebrajaban, provocando que se fueran a pique poco a poco y haciéndolos blanco fácil para los saboteadores que se acercaban como moscas a la miel.

Finalmente, el intento de escape ateniense terminó en un desastre. Demóstenes perdió cinco mil hombres, entre muertos y heridos, y sesenta trirremes. Perdió la nave capitana en el asalto y solo consiguieron escapar ocho barcos con el objetivo de pedir ayuda en la polis. Ante el páramo que se perfilaba, Demóstenes tuvo que tomar otra decisión descabellada: guió a la mitad de los hombres al interior de la isla con el objetivo de tomar una nueva ubicación para establecer el campamento y maniobrar con más facilidad, mientras esperaban refuerzos de Atenas.

Gilipos, por su parte, reunió a más de siete mil jinetes y les dio caza durante todo el trayecto hasta el río Etris, un afluente del grande y caudaloso Anapo, cortándoles el agua y hostigándolos para diezmar al ya maltrecho ejército ateniense. Cuando salieron de Lisimelia eran casi quince mil. En el camino perdieron a más de siete mil por culpa de la caballería siracusana. Al llegar al río Etris eran poco más de siete mil, y fueron aplastados por la caballería y los arqueros siracusanos, los primeros, atacando desde la retaguardia y los flancos, y los segundos desde el otro lado del río. En el combate, Demóstenes fue muerto, y Nicias fue capturado, exhibido en la Ortigia y ejecutado, al igual que todos sus oficiales, desde sargentos hasta trierarcas. Y alrededor de tres mil atenienses fueron esclavizados y confinados a las Canteras, una combinación de mina y tugurio con forma de hoyo en la superficie al que solo se podía descender por medio de un sistema de poleas. Allí murieron casi todos, pues Atenas no pagó rescate alguno, ni los siracusanos lo pidieron.
para aislar a los siracusanos. Estos respondieron con un muro exterior más alto que se cruzaba con el muro ateniense en la mitad y los dividía en sus acciones. Los hostigamientos no cesaban durante todo el día y los atenienses se estaban cansando de esta situación. Además, Nicias se dio cuenta del problema que representaban los pantanos, por lo que cogió a la mitad del ejército y los llevó marchando primero hacia el oeste y luego al norte, para tomar Euríalos, que perdieron al mes siguiente, la volvieron a recuperar y la perdieron otra vez. En el último asalto las fuerzas atenienses tuvieron graves pérdidas, por lo tanto, los para que los atenienses no pudieran salir de la ratonera.
Autor Perieco
domingo, 18 de noviembre de 2007 | 1:11
Muy buenos estos artículos. La Guerra del Peloponeso es un ejemplo acerca de lo que es una guerra civil. Toda Grecia se alineo por los atenienses o por los espartanos a lo largo del conflicto que duró "tres veces 9 años" tal como lo predijo el oráculo de Delfos. Al final el gran vencedor de la guerra no fue Esparta sino el imperio Persa.
lunes, 17 de diciembre de 2007 | 17:24
Saludos!

En este conflicto he visto mas las luces de una guerra mundial. Un problema gordo como el imperialismo, llevado a la enseñanza por un hombre nacionalista y ambicioso -como lo fue Cimon -y explotado por un perfecto movil que solo pensaba en si mismo -como lo fue Alcibiades.

Imperialismo, ambicion, la amenaza al derecho a gobernarse de cientos de naciones. Los bandos; o estabas con uno o estabas con otro. Sin olvidarnos de que la Helade y Persia eran todo el mundo conocido entonces.