martes, 13 de marzo de 2007
Imagen

«Perdieron el miedo a los dioses, y se olvidaron de nosotros. Era lo mismo vivir que morir, pues en el infierno no existe ni justicia ni justiciero, que haga valer las leyes de la vida.»
Tucídides.





Corría el año 429 a.C., cuando estalló la «Gran Peste» en Atenas, que dejó devastadores resultados. La quinta parte de la población de Atenas murió, llevándose consigo a Pericles y a su esposa, Aspasia, y privando a la polis de la única persona que hubiera podido recomponer el camino con sobriedad y determinación. Dos cosas muy importantes para guerrear, con los espartanos, afuera, y con las facciones oligárquicas y democráticas extremas, adentro. En cambio, la peste dejó vivo a un hombre que era enérgico, osado, voluble, insolente, ambicioso y sin la mínima porción de piedad, por más que su maestro se llamara Sócrates. Era Alcibíades, que se convertiría con el tiempo en el principal dirigente de Atenas. O digamos “de la Guerra”, ya que era una persona con una gran admiración por los héroes y quería que su estrella brillara por encima de todas las demás. Y para eso, él y su facción oligárquica tenían necesidad de la guerra. Es aquí, también, cuando entran en escena Nicias, amigo de Pericles y hombre moderado y recatado, y los espartanos Endio, Cleóbulo y Lisandro, que eran los defensores de la construcción de una flota espartana.

Y ya que entramos con tanto asunto ateniense -perdonen mi visión, pero es que mi principal bibliografía es Tucídides-, me había olvidado de hablar de la situación en Esparta. Mientras los atenienses se recuperaban, a duras penas, de la Gran Peste, los espartanos sufrían convulsiones, y no de estómago, sino de gobierno. Los ilotas mesenios, mantineos y argólidas, se rebelaban y escapaban hacia Euríalo o hacia Mitilene, dónde en ambas partes, Alcibíades les esperaba con los brazos abiertos. Para liquidar los problemas, los espartanos se valieron, una vez más del proceso conocido como neodamodeika, que consistía en hacer “libertos” a un grupo de ilotas y honrarles con el título de mothakes, para apaciguar a los demás y, también una vez más, de las karneia, para infiltrarse en las conspiraciones y desaparecer a los fustigadores.

Entretanto, el nuevo jefe elegido para las negociaciones con Nicias -ya que por aquellos tiempos corría la Paz de Nicias-, era Endio, que fue condecorado con el título de polemarca supremo. Era este, un hombre muy peculiar, ya que carecía totalmente del sentido de la responsabilidad y no tenía ninguna determinación, pero se encontraba tras el escenario Lisandro. ¡Exacto! El futuro navarca o almirante, de la flota espartana, aún inexistente. Lisandro, a raíz del favorecimiento de Endio, se había convertido en lochagoi, jefe de regimiento. Un honor alto para él, ya que era un mothax, un bastardo, hijo de un Igual y una ilota, pero criado como un Igual por derecho de su padre.

Pero sigamos con la guerra, que es nuestro asunto. Los conflictos iniciales escandalizaron a toda la Hélade, tanto que decían que esta “ya no era una guerra de honor y justicia, sino una matanza entre hermanos”. Y la queja formal la puso Aristófanes, en Las nubes, donde además, colocó una muy buena representación de Sócrates, que comenzaba a hacerse toda una personalidad durante el período que comprendió la Paz de Nicias. Sin embargo, la Paz de Nicias, pasó a ser sinónimo de efímero, ya que esta estaba destinada para que durara doce años, mas no duró ni siquiera tres. Para el mes de memacteriónareópago, atacando a Nicias y a su facción democrática. Con todo y ataque, le propuso que se atuviera a los deseos de la gente y que dejara correr las propuestas del pueblo. Nicias argumentó que el pueblo ateniense pedía la paz con Esparta, a lo que le siguió un tremendo abucheo y la proclama de la guerra. ¡Pobre e iluso Nicias! Pensaba que el pueblo ateniense le seguiría a la misma muerte incondicionalmente solo por ser colega de Pericles. Dos meses después le verían montado en el Acraptuke, el Indomable.

La respuesta del pueblo fue la guerra, claro está. Convencidos por Alcibíades llevarían una flota enorme a Sicilia. Conquistarían la isla y esta reportaría enormes entradas de dinero en sus arcas, que ya se estaban volviendo menguadas. Desembarcarían en Siracusa, en el puerto menor, y subirían por todo el Eurialo hasta la parte alta y tomarían la Epípolas al asalto. Era un plan maestro, que hubiera funcionado si hubiera tenido un buen intérprete, y el mejor strategos que tenía Atenas en ese entonces se llamaba Alcibíades. Pero desafortunadamente -o afortunada, como se quiera ver-, éste se vio inmerso en un escándalo de proporciones gigantescas. Una semana antes de partir, todas las estatuas de Hermes, uno de los principales patrones de Atenas, amanecieron mutiladas. Y lo grave no era la mutilación, sino el objeto de la mutilación, ya que las estatuas habían sido cercenadas de esa parte que presumía en exceso el dios, una profanación en toda regla.

Pues con lo ocurrido, Alcibíades se defendió jurídicamente y aplazó el juicio hasta el regreso de la expedición, siendo esta jugada un error pésimo. Alcibíades y Nicias —que oficialmente compartirían el mando, aún cuando ya se sabía quién mandaría —partieron rumbo a Sicilia con ciento catorce trirremes y quince transportes, y con un ejercito de treinta mil infantes y trescientos caballos. La caballería era lo de menos —aseguraba Alcibíades —Sicilia estaba repleta de caballos. Pero justo a la llegada a Sicilia, Alcibíades recibió un despacho, en el cual se le urgía a regresar a Atenas para solucionar el juicio que tenía aplazado. El Salamina lo esperaba a la salida del puerto. No se sabe a ciencia cierta qué pensó Alcibíades de tal comunicado. No se sabe si sintió miedo, indiferencia o cualquier otra cosa. Lo que sí se sabe es que zarpó al día siguiente, alejándose de la flota, pero no hacia el este, como le indicaba el escrito, sino hacia el norte, a la Magna Grecia. Huyó a Mesana, para de allí subir hasta la Campania y poner rumbo hasta Esparta, donde su antiguo amigo Endio le esperaba con los brazos abiertos. Y de esa manera, tan ridícula y mezquina, Atenas perdía no solo la cabeza, sino también al mejor general que poseía para la guerra a la que se embarcaba.