lunes, 12 de marzo de 2007
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«¿Cuál es la respuesta a la mezquindad humana? ¿Quién es el culpable de la divergencia innata? ¿Los dioses, que confían en el hombre, o el hombre, que confía en el demos?»
Platón.





La primera fase de la guerra -431 – 423 a.C. -estuvo caracterizada por una belicosidad extrema y por ser una guerra, principalmente, de tierra quemada. Como era de esperar, en las batallas campales, la superioridad corría siempre de cuenta de los aliados de Esparta, que con sus homoioi barría los campos de batalla e inclinaba la balanza en su provecho. Pero cuando se trataba de pelear en el mar, los atenienses y sus aliados jonios tenían la superioridad. En Las Ranas, Aristófanes declara que los espartanos poseían andreia -valor, hombría -mientras que los atenienses obedecían a la thrasytes -astucia, audacia -Pues mientras una triunfaba en tierra con la falange, la otra se desenvolvía en el mar con la flota.

El primer enfrentamiento sucedió en materia de conflicto indirecto, cuando Corcyra -aliado de Atenas -entró en problemas con Corinto -aliado de Esparta -así que decidieron arreglarlos con las armas -431 a.C. -Y ambas potencias, como buenas madres, se pusieron de parte de sus respectivos hijos a la hora del ajuste. El evento terminó con el marcador a favor de Esparta y con una declaración formal de guerra de la Liga del Peloponeso -que era lo mismo que la Liga de Delos, pero con diferente líder.

Los espartanos y los corintos querían desmembrar a Atenas principalmente de sus graneros y sus criaderos de ganado. Pero apenas aparecían estos, los atenienses se hacían a la mar con la flota y escondían a sus ciudadanos detrás de la Muralla Larga, dejando a sus aliados a la buena de Dios y al capricho de los enemigos. Esto causó indignación entre los áticos y los jonios. Por ejemplo, en el 430, Mantinea se pasó al bando espartano. Un año después, Trapezunte y Potidea hicieron lo mismo. Atenas, al ver los gestos de buena voluntad de los aliados, se decidió por combatir. Reunió a sus falanges, e invitó de nuevo a los hermanos a que tomaran su papel en la Liga. Algunos volvieron, otros no.

Tal fue el caso de Potidea, que se enclavaba en lo alto de una cima rocosa y tenía un contrafuerte que daba al mar Egeo, en la península de Salónica. En 429, los atenienses decidieron atacarla, apoyados por los aliados macedonios, iniciándose así el primer asedio de Potidea, que se prolongó durante año y medio, y en el que comenzó a brillar la estrella de Alcibíades, que para entonces era un mozo de veinte años, soldado de la flota y discípulo de Sócrates, que también participó en la batalla y ya era un veterano de guerra. Pues bien, a Potidea la dejaron sola y abandonada, ya que lo único que recibió de ayuda, lo recibió de Tebas (estado autónomo y en ocasiones favorables, de Esparta), y fue un comandante para su defensa. Y mientras el cerco se estrechaba a paso de tortuga, en Atenas el Consejo de los Quinientos (que ya había reemplazado al de los Diez Mil y este a su vez al de los Trescientos) votó por que la flota regresara a la ciudad, para preparar un castigo contra Escilunte, que seguía los pasos de Potidea.

En Escilunte, esta vez la cosa fue más seria, ya que los aliados, tanto reales como potenciales, estaban bien definidos. En el continente, todos se pusieron de parte de Esparta, salvo Naupacto (tierra de mesenios), Platea, Acarnania y Tesalia, que permanecieron del lado de Atenas. Además, permanecieron atenienses también, todas las polis jonias del Egeo y algunas eolias y dóricas. Del bando espartano estaban Elis y Mantinea, Fócida y Lócrida, Sición y todas las ciudades de la Argólida, Anfictirión, Rhión y Antirhión, Eleusis, Delabra, Patrás, además de la Liga beocia y todos los aliados de la Liga peloponesia. Únicamente Árgos mantenía las distancias. La acción se tomó en Escilunte, con una derrota desastrosa para los atenienses. Y digo desastrosa, no por los resultados inmediatos, sino por las consecuencias que tendrían en las dos posteriores campañas.

Siguió, a finales de 430, la campaña con acciones en Labrica, Corcyra y Mitilene, donde se destacó Laques, un magistrado que servía en Atenas como consejal y que la guerra había reclamado para otorgarle el mando de los Diez Generales. Pero la derrota de Atenas a las afueras de Escilunte, dejó el camino libre a los espartanos y corintos para entrar por el istmo. Al inicio del nuevo año, Arquidamos y Plistoanacte ordenaron la devastación del Ática (que ya había sido quemada a finales de 432). Saquearon e incendiaron las regiones de Acarnas, Ecterión, Trasión, Sicida y Pireos. Destruyeron las casas y las tiendas. A los que conseguían atrapar, los mandaban a Lacedemonia como esclavos. Mataban a los enfermos. Y mientras los peloponesios acosaban por el oeste, Tebas y los aliados beocios humillaban a los atenienses en Delión, donde les propinaron sendas derrotas. Una vez más, los atenienses tenían que recluirse en sus preciosas murallas, cuál si de una ratonera se tratara.